viernes, 11 de noviembre de 2016

Reconfiguración cultural, social y política durante la colonización española.


* Comienzo... "invasión"
A partir de la fundación del Ayuntamiento de la Villa Rica de la Veracruz, a mediados del mes de agosto en 1519, se inicia propiamente la conquista de México, que tuvo una duración de aproximadamente dos años. Aliado primeramente con los cempoaltecas, la primera gran batalla que tuvo lugar fue contra los más de 50,000 guerreros tlaxcaltecas de Xicoténcatl. Previamente Cortés ya había enviado avanzadas de zempoaltecas para proponerles una alianza similar a la que tenía con ellos, en contra de los mexicas. Estos dudaban, pero además se encontraban divididos entre sí y en cierta forma atemorizados al considerar también la posibilidad de que los españoles realmente fueran teules. Esta idea se acentuaba al ver con ellos animales que no conocían, como los caballos que, montados por el hombre ataviado con armaduras formaban ante sus ojos un ente desconocido; o los lebreles, que les parecían tigres o leones de montaña al servicio de estos extraños y mágicos personajes con truenos mortíferos. Los españoles ganaron esta batalla con el apoyo de los zempoaltecas, hecho que les sirvió para obtener gran fama y respeto no sólo entre los tlaxcaltecas; la noticia llegó rápidamente hasta Moctezuma quien, impresionado, les envió una embajada con ricos presentes de oro (error craso) y la invitación para que fueran a la gran Tenochtitlán, misma que los españoles aceptaron de inmediato.

Cortés se dirigió enseguida a Cholula, donde le sería tendida una emboscada, que pudo evitar gracias al aviso oportuno de los mismos zempoaltecas y al apoyo de sus recientes aliados tlaxcaltecas. Todo esto aumentaba su fama de seres extraordinarios. Y la posibilidad de que verdaderamente fueran los emisarios de Quetzalcóatl, fue algo que influiría sobre manera en el ánimo del señor de la gran Tenochtitlán. Cortés avanza hacia el corazón del imperio mexica guiado por los zempoaltecas y los tlaxcaltecas, cruzando a través de la imponente grandeza natural de los volcanes –el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl– teniendo uno a la siniestra y el otro a la diestra desde donde divisa la “tierra prometida”, el valle del Anáhuac. La increíble belleza natural y material de lo descubierto motiva y alienta cada vez más la empresa que se han propuesto. En esta forma los españoles al mando de Cortés arriban al valle del Anáhuac y hacen su entrada triunfal en la gran ciudad, donde fueron recibidos por el propio y legendario emperador del imperio más grande y poderoso de América. Como atestigua Bernal Díaz del Castillo, aquello parecía cosa de ensueño; lugares nunca vistos de una belleza inenarrable, poblados de personajes ricamente vestidos que, como salidos de un cuento de fantasía, los recibían como si fuesen seres sagrados.

Confirmando la creencia del emperador de que los españoles eran teules, estos fueron alojados en la calidad reservada para los más altos niveles de la jerarquía imperial: los alojaron en el palacio de Axayácatl, padre del Emperador, que tenía grandes estancias, huertos y jardines que los visitantes disfrutaron durante cuatro días continuos, gozando además del trato especial correspondiente a la jerarquía, no a la que en realidad tenían, sino a la que se les habían asignado por órdenes de Moctezuma. Después de este placentero descanso, Cortés solicitó visitar el Templo Mayor; el Emperador accedió y quiso adelantarse para recibir a los españoles en la parte superior. Cortés aprovechó la oportunidad para visitar los principales lugares de la gran metrópoli, tales como el impresionante mercado de Tlatelolco, los principales palacios y templos con sus explanadas y jardines que proporcionaban un agradable marco y una adecuada perspectiva para la apreciación de adoratorios y edificios. Recorrieron la gran Tenochtitlán en una caminata libre e informal durante una espléndida mañana de las que solían darse en el valle; caminaron por donde ellos quisieron, guiados por acompañantes asignados por el emperador, a través de plazas y calzadas admirablemente pavimentadas con baldosas blancas en condiciones de gran pulcritud, se admiraron del orden de la actividad cotidiana, del trafico por los canales y en derredor de la isla por medio de canoas de diferentes tipos y tamaños, del barullo de la gente con vestimenta vistosa, diferente y del gran colorido predominando el blanco y la magnificencia y policromía de los edificios. Los españoles se encontraban asombrados sobremanera.

Después del recorrido llegaron a la plaza frente al Templo Mayor, una explanada inmensa rodeada de otros templos y palacios, que lucían impresionantes al reflejar su vívido colorido y su riqueza arquitectónica y urbana en esa mañana de sol brillante. Un gran muro (de gran extensión) adornado con serpientes de piedra policromada circundaba al centro ceremonial. A pesar de la larga caminata y el sol, los españoles todavía no sentían calor; tenían solo una rara sensación, mitad incertidumbre, tal vez temor, y mitad admiración. No se sentían muy seguros de sí mismos y estaban ahí, parados frente a la gran escalinata del Templo Mayor que tendrían que subir flanqueada por alfardas. Después de haber ascendido trabajosamente los 114 peldaños con una inclinación pronunciada, Cortés encontró en la cúspide al Emperador vestido con sus mejores galas, con su gran penacho de plumas de quetzal de fulgurante color verde esmeralda que el viento acariciaba y en donde el sol se reflejaba con intensos destellos dorados provocados por la orfebrería de su imperial tocado. Moctezuma estaba rodeado con su séquito y sus principales sacerdotes, ricamente ataviados, quienes les mostraron desde lo alto, con mucho comedimiento y cortesía, sin dejo de presunción, una espléndida vista del valle de Anáhuac; con todas las ciudades vecinas que con la gran metrópoli lacustre como centro, constituían una vasta megalópolis. Desde ahí se veían las tres grandes calzadas que comunicaban a la gran Tenochtitlan con tierra firme, incluyendo a lo lejos la vista del albarradón de Nezahualcóyotl. Todo este paisaje estaba enmarcado en lontananza con la bella silueta de los volcanes nevados y el azul añil profundo del cielo de “la región más transparente del aire”, como la llamaría trescientos noventa y seis años después Alfonso Reyes.

En la parte superior del Templo Mayor, y como razón de ser del mismo, se encontraban los dos adoratorios y recintos de las principales deidades mexicas: Tláloc, dios de la lluvia, y Huitzilopochtli, dios de la guerra y principal deidad mexica. Los ídolos estaban cada uno en su respectivo recinto, y aunque el espacio estaba ricamente decorado con piedras preciosas y finos trabajos de oro, a los españoles les impresionó profundamente el hecho de que ahí mismo se realizaran sacrificios humanos en los que (se enterarían posteriormente) se les extraía el corazón a las víctimas, aún con vida, quedando los vestigios de la sangre esparcida en muros y pisos; era imposible que otras culturas que no fueran similares a la mexica aceptaran costumbres y rituales como estos.

Cortés aquí comete un error de diplomacia y de sentido común elemental al proponerle a Moctezuma la construcción de una cruz y de un altar para la Virgen María en la cúspide del Templo Mayor, una especie de sincretismo religioso que el Emperador y sus sacerdotes rechazan con prudencia pero enérgica y categóricamente. Los españoles abandonan el Templo, ahora sí sumamente cansados por el esfuerzo que habían hecho al subir y por el trajinar durante el día. El Emperador y su séquito se quedaron haciendo oración y sahumando a los dioses con el aromático copal en desagravio de la ofensa recibida con la propuesta del extranjero.

Cortés solicitó a Moctezuma la posibilidad de construir un altar para sus oficios religiosos en el Palacio de Axayácatl, a lo cual Moctezuma accede. Esto da pie para que por casualidad, detrás de un muro tapiado recientemente, los españoles descubrieran una cámara con el tesoro de Axayácatl. El cual consistía, según sus mismos descubridores, de un cuantioso número de piezas labradas en oro y multitud de piedras preciosas y objetos de arte de gran valor. Astutamente, y por supuesto traicionado la confianza de quienes les habían brindado su hospitalidad, no dan aviso y deciden dejarlo discretamente como estaba para sus planes futuros, con lo que demuestran cuál era su verdadero interés y propósitos. Los tlaxcaltecas, aliados de los españoles, les habían prevenido y ahora les confirmaban que los planes de los mexicas eran hacer que tomaran confianza como sus huéspedes para después matarlos a todos. Tras la emboscada de Cholula, en donde la prevención y la ayuda de los zempoaltecas y tlaxcaltecas los había salvado, esto hacía que ahora confiaran en ellos. Aunado a esto, se dio un hecho lamentable que en confirmaba como justificado el ambiente de sospechas: les informaron que Juan de Escalante, lugarteniente de Cortés y seis españoles más que componían el destacamento dejado en la Villa Rica de la Vera Cruz, habían sido muertos por los mexicas, quienes seguían cobrando tributo a los zempoaltecas a través de sus aliados totonacas.

En esta forma, Cortés y su gente no ven otra salida inmediata que tomar a Moctezuma como rehén, medida temeraria que si no hubiese sido por la actitud pasiva y amedrentada del Emperador, nunca les hubiera dado resultado. Cortés fue hasta el palacio de Moctezuma; entró con engaños, y luego puso como pretexto el acontecimiento reciente en la Villa Rica de la Vera Cruz para tomar de improviso a Moctezuma. Éste, en lugar de alertar a sus guardias, mintió a los suyos explicando que iba a acompañar a los españoles y pasar unos días con ellos en el palacio de su padre Axayácatl, desde donde seguiría gobernando. El cautiverio de Moctezuma en la gran Tenochtitlán fue sui generis, toda vez que aparentemente, como hemos dicho, éste seguía siendo el Huey tlatoani de los mexicas e incluso seguía haciendo prácticas rituales en el Templo Mayor en honor a Huitzilopochtli con el consentimiento de Cortés. Sin embargo, esto no era nada bien visto por los demás señores de la Triple Alianza; Texcoco y Tacuba, que empezaban a cuestionar y reprobar fuertemente esta situación, despertándose entre ellos mismos la inquietud por el ejercicio del poder en la gran Tenochtitlán y por el futuro de la Triple Alianza, puesto en grave riesgo.

Cacamatzin, señor de Texcoco, empezó a urdir la liberación de Moctezuma mediante el ataque masivo y frontal a los españoles, lo cual hubiera sido relativamente fácil a no ser porque “el Emperador” se enteró y se lo comunicó a Cortés. Éste solicitó a Moctezuma que desautorizase esta acción, a lo cual el Emperador procedió de inmediato. Al rebelarse Cacamatzin, el todavía emperador lo hizo traer a su presencia, lo tomó preso y lo destituyó. Acción esta injustificable y arbitraria que reflejaba el poder que todavía tenía sobre su pueblo. Lo que facilitaba al máximo este vergonzoso proceder. Además, hay que considerar, que no era difícil, que Moctezuma Xocoyotzin creyera fielmente que su dios Huitzilopochtli deseaba que él permaneciera preso de los españoles en la gran Tenochtitlán.

Al ver esto los señores mexicas, y sin saber si lo de su señor preso era cobardía, verdadero comedimiento con sus dioses o simplemente desquicio mental, se plantearon que; precisamente sus dioses eran quienes les ordenaban la expulsión o destrucción de los invasores. Lo anterior fue comunicado a Moctezuma, y lógicamente éste se lo comunicó a Cortés quien, sorprendido y preocupado; por toda respuesta solo explicaba que necesitaba tiempo para volver a construir las naves necesarias, pues en las que había venido habían quedado inservibles. En realidad, lo que Cortés pretendía era ganar tiempo para urdir su estrategia primero de supervivencia y en seguida de escape. Y una vez logrado esto, tener suficiente tiempo para preparar la conquista de tan codiciado imperio, plan que estaba seriamente amenazado por la reacción de los nobles mexicas.

Poco a poco y cada vez más, Moctezuma se convence de que sus captores son verdaderos teules y es manejado por éstos en el gobierno del imperio que admirablemente seguía ejerciendo, a tal grado que les concede todo lo que piden y lo hacen reconocer al emperador Carlos V como su señor y abjurar de sus propias creencias religiosas a favor de las de los españoles, no sin antes verter, cobardemente, abundantes lágrimas por la congoja que todo aquello le producía. Por su parte, los nobles mexicas no podían dar crédito a toda la pesadilla que estaban viviendo, y ya no veían el momento para sacudirse al Emperador que ya no lo era, y al invasor que era la causa misma de su desasosiego.

Otra gran y audaz decisión de Cortés fue la construcción de tres bergantines, pequeños barcos que podían navegar impulsados por velas o por remos para poder salir de la isla con todo lo necesario. Para esto, comisionó a un hábil constructor con experiencia en los astilleros de Sevilla, a don Martín López, a fin de que revisara el diseño y dirigiera la construcción. Se obtuvo de Moctezuma la madera y materiales necesarios, incluyendo el calafateo por medio de chapopote y brea, abundantes en los dominios mexicas. La construcción de estos primeros bergantines inspiró y dio origen a la construcción posterior de otros más que serían de gran ayuda en el asedio y sitio de la gran Tenochtitlán, hecho que más tarde sería definitivo para el dominio español. Diego Velázquez, que no perdonaba a Cortés por haberlo traicionado, envió una expedición con 18 barcos y alrededor de 1,300 soldados que desembarcó en abril de 1520 en San Juan de Ulúa al mando de Pánfilo de Narváez para combatir y apresar a Cortés. Éste dejó la ciudad de México-Tenochtitlán y a su rehén imperial en manos de Pedro de Alvarado; salió acompañado del ejército tlaxcalteca a combatir a Pánfilo de Narváez, a quien vence y lo deja mal herido. Tras la victoria, Cortés se quedó con su gente, armas y bastimentos, con los que regresa a la ciudad. Ésta se encontraba en pie de guerra, debido a la matanza de nobles mexicas que durante su ausencia encabezó Pedro de Alvarado; con una actitud prepotente y un fanatismo que lo llevó a creerse el arcángel San Miguel asesinando casi impunemente –le habían matado a 6 soldados— a una gran cantidad de nobles mexicas que hacían sacrificios rituales a sus dioses, en desagravio por tan vergonzosa situación. Estas actitudes seudoreligiosas de conquistadores como Alvarado, respondían al gran cargo de conciencia que levaban por su mezquindad y codicia que era lo que realmente los movía. Y en este caso lo podía hacer casi impunemente porque los mexicas sabían que proceder en contra de ellos era como proceder en contra de su Emperador.

Al regresar Hernán Cortés con los refuerzos que le había quitado a Pánfilo de Narváez, ya no encontró la ciudad igual; desde su llegada a Texcoco, notó gran frialdad y los extrañamientos que le hacían y, al entrar a la gran Tenochtitlán, la encontró desolada sin entender la causa; pensó que tal vez era en señal de duelo por la muerte de los nobles. Manifestando una soberbia y prepotencia injustificada y fuera de lugar, le enfureció que el mercado de Tlatelolco estuviera cerrado, porque quería enseñárselo a las gentes de Pánfilo de Narváez que venían con él. Le pidió a Moctezuma que lo abrieran de inmediato. Éste sugirió que fuera consigo un noble allegado a él acompañándolo con las gentes de Pánfilo de Narváez; Cortés escogió a Cuitláhuac, hermano de Moctezuma y señor de Iztapalapa, que había sido apresado por los españoles. Dicen que el que se enoja pierde, y Cortés perdió, porque la ira no le dejó ver que a quien estaban liberando era nada menos que al líder más importante de los mexicas y, por supuesto, su enemigo acérrimo. Sin embargo, para Cuitláhuac significó obtener; el imperio y la posibilidad de acabar con los españoles, pero también la muerte.

Entre Moctezuma y Hernán Cortés había surgido una fuerte relación afectiva, una simbiosis en donde Moctezuma sacó la peor parte; “es la mujer de los españoles”, decían sus más fieros críticos, confundiendo la figura femenina con la actitud aparentemente cobarde y complaciente del monarca. Lo cierto es que ya no le tenían ningún respeto y, de hecho, lo habían desconocido. Cuitláhuac, después de abrir el mercado acompañando a los españoles recién llegados y al verse libre, procedió de inmediato a organizar a los mexicas para tomar el Palacio de Axayácatl y el Templo de Texcatlipocatl, en donde se encontraban los españoles, aún a costa de su propio hermano, el Emperador, quien ya no era considerado como tal por muchos de ellos, lamentando profundamente su comportamiento desquiciado que ya no correspondía al de un Emperador mexica. Esto sucedía a finales del mes de junio de 1520.

Posterior al regreso de Cortés, los españoles pretendieron tomar el palacio de Moctezuma y el Templo Mayor, pero fueron contra atacados, ahora si por miles de guerreros mexicas al mando de Cuitláhuac que, de no ser por los tlaxcaltecas, los hubieran aniquilado. Moctezuma trató de defenderlos, hablándole a su pueblo desde la terraza del Palacio de Axayácatl, en donde se encontraba con los españoles que lo guardaban, pidiéndoles enfáticamente que no los combatieran. Todo fue inútil; una lluvia tupida de proyectiles caía sobre el palacio. El propio Emperador, quien indudablemente era uno de los objetivos, recibió tres heridas de piedra, una de ellas mortal, que le hundió el cráneo. La muerte del Emperador suspendió momentáneamente la agresión. El cuerpo de Moctezuma fue entregado a los mexicas para las honras fúnebres que, dadas las circunstancias, no correspondieron a las exequias de un Huey tlatoani mexica; simplemente lo incineraron sin mayor trámite. Contrastaba enormemente aquel despojo humano, casi solo, abandonado, siendo consumido por las llamas que lo envolvían acompasadas por chisporrotear de la leña. En esta forma la silueta del otrora déspota al, que ni siquiera se le podía mirar a los ojos, era consumido por el fuego implacable y por el desprecio de su pueblo.

Es posible que los mexicas hayan elegido a Cuitláhuac nuevo emperador de México-Tenochtitlan, aún antes de la muerte de Moctezuma, por las mismas presuntas causas por las que fue depuesto y ejecutado Chimalpopoca 108 años atrás. Cuitláhuac tuvo un desempeño fiero y valeroso, a pesar que ya se encontraba enfermo de muerte lucho con plena entrega hasta el final. El breve contacto con los españoles traídos por Pánfilo de Narváez y venidos con Cortés ocasionó que se contagiara de la terrible enfermedad de la viruela, propagada recientemente en Cuba, y contra la cual no existía en América ni cura efectiva ni resistencia en los organismos. La viruela, junto con la tos ferina y el tifo, también traídas por los españoles, causarían enormes estragos y miles de bajas entre los indígenas. Sin proponérselo, paradójicamente los conquistadores fueron los primeros introductores de armas biológicas. También trajeron otros males más dañinos; como la codicia, el fanatismo religioso y la corrupción, que siguen haciendo estragos hasta el presente.

Para evitar una derrota total, a principios de julio, Cortés decide abandonar sigilosamente la gran Tenochtitlan bajo el resguardo de la noche. Se dirigió hacia tierra firme por la Calzada de Tacuba; llevaba con él lo más indispensable, pero también lo más preciado para ellos: el oro. Habían previsto la colocación de vigas de madera en los puentes que habían sido levantados; estas las habían obtenido desmantelando los techos del Palacio de Axayácatl. Llevaban gran parte del oro que les había regalado Moctezuma, y también del que se habían apropiado robando el mismo tesoro de Axayácatl. Se dice que cargaron una yegua con oro para el emperador Carlos V. A los caballos les habían envuelto las pezuñas con trapos para amortiguar el ruido y poder salir con el mayor sigilo. Cortés iba a la vanguardia y Pedro de Alvarado a la retaguardia, cada uno de los españoles iba cargado, en lo personal con el oro que se había apropiado.

Apenas fueron sentidos, los mexicas salieron por millares en pie de guerra, atacándolos en la Calzada por los flancos en cientos de canoas y, por la retaguardia, con arqueros que dejaron caer sobre sus enemigos una verdadera andanada de flechas, abundantes piedras y proyectiles lanzados con hondas. Fue una cruenta huida la de los españoles y sus aliados tlaxcaltecas; perdieron mucha gente y caballos, a tal grado que los huecos de los puentes móviles se llenaron de cadáveres de personas y bestias. Los cargamentos que al final no pudieron llevar también sirvieron de relleno, así, muchos de los que lograron salir tuvieron que pasar sobre este macabro puente improvisado.

En su huida, Cortés se dirige hacia Tlaxcala, pero Cuitláhuac envía a su Cihuacóatl a seguirlo y acabarlo. En los llanos de Otumba le dan alcance y le presentan batalla muy desigual, ya que mientras los españoles eran poco más de 300, muy fatigados y heridos, con aproximadamente 20 caballos más los cientos de guerreros tlaxcaltecas aliados, el ejército mexica se contaba por miles. Durante varias horas pelearon con furia. Cortés, al divisar a lo lejos y sobre una colina al Cihuacóatl, rodeado de los capitanes mexicas con grandes y vistosos penachos y estandartes, sin darse por vencido y como acción desesperada, junto con varios de sus lugartenientes a caballo, se les echan encima a galope tendido y con tal determinación que matan a los principales y al Cihuacóatl mismo, eliminando así al estandarte que orientaba a los guerreros. Los escuadrones mexicas al ver desaparecer los estandartes, se sorprenden y se repliegan desconcertados cuando tenían el triunfo asegurado. Esto le da oportunidad a Cortés de un importante respiro mientras llegan los refuerzos tlaxcaltecas con miles de guerreros, logrando escapar así, de una muerte casi segura.

Muerto Cuitláhuac por la viruela, los mexicas con el visto bueno de Texcoco y Tlacopan, eligen señor de México-Tenochtitlan a Cuauhtémoc, hijo del gran Ahuitzotl, con la encomienda de defender la capital del asedio de los invasores. Cortés no da margen para la acción; de inmediato solicita y obtiene el apoyo urgente de los tlaxcaltecas con miles de guerreros adicionales. Por su parte, los mexicas no pueden recurrir a sus antiguos súbditos porque son odiados por ellos y éstos estaban al acecho solo esperando aprovechar la situación, que se presenta ahora que los ven en condiciones difíciles.


Cuauhtémoc, de la familia real mexica, miembro también de la dinastía de Acamapichtli, de conducta impecable y educado con gran esmero y en el Calmécatl –la escuela para los nobles— con una férrea disciplina personal, valiente y noble guerrero respetuoso del ritual ceremonial y de sus dioses, hizo honor a su estirpe. Pero el destino estaba escrito. Por más esfuerzos, sacrificios y fiero desempeño como gran guerrero que era, al final sucumbió ante la adversidad y el invasor aliado no solo con cempoaltecas y tlaxcaltecas sino ahora con muchos otros de sus antiguos tributarios. En agosto de 1521 es capturado el décimo primer y último emperador mexica, termina así su imperio al ser detenido en el lago por uno de los bergantines de Cortés cuyos guerreros navegantes no podían creer que se tratara del mismísimo Emperador de los mexicas. De esta manera, se cumple la premonición que encerraba el significado de su nombre y con él, también la caída del imperio mexica. Sin embargo, con su descenso se incubó el germen que 300 años más tarde también acabaría con la vigencia del otro imperio y daría nacimiento a una nueva Nación.

"Muchos de los pueblos dominados por los aztecas y los incas colaboraron con los europeos convencidos de que ése era el medio para liberarse de quienes les exigían pesados tributos. Además, la organización imperial muy centralizada de los incas, por ejemplo, facilitó el triunfo de los españoles. Éstos atacaron directamente la cabeza del imperio -el Inca y el Cuzco- y frente a la derrota de ésta, el poderío inca sucumbió. Los españoles aprovecharon la situación y mantuvieron parte de la estructura de dominio impuesta por los incas, pero se ubicaron ellos a la cabeza de esa estructura".




DESTRUCCIÓN DE LAS RELIGIONES INDÍGENAS:

Cuando los españoles llegaron a México, se encontraron con una civilización que tenía una religión muy diferente de la cristiana. Lo que más impactó a los conquistadores fue la poderosa religión estatal que rendía culto a las principales divinidades indígenas a través de sacrificios humanos que eran acompañados de diversos ritos. De acuerdo con su mentalidad de hombres europeos del siglo XVI, la entendieron como una religión demoníaca -que rendía culto al demonio y a las fuerzas del mal- y se propusieron su completa destrucción.

Los conquistadores y los misioneros -sacerdotes y religiosos que llegaban a América con la misión de evangelizar, es decir, de enseñar a los indígenas los principios de la que consideraban la verdadera fe: la religión cristiana- se propusieron extirpar la idolatría (porque los europeos llamaron ídolos ii los dioses de los aborígenes). La muerte de los emperadores azteca e inca contribuyó a que esas sociedades perdieran confianza en sus dioses: con la muerte de Moctezuma o de Atahualpa, no sólo desaparecían los jefes del Estado sino también los hijos del Sol, su protector. Otra forma en que los españoles se propusieron reemplazar las creencias tradicionales indígenas, fue la edificación de iglesias en los lugares en los que antes habían existido templos o centros de culto.

Durante los primeros tiempos y terminada la etapa de la resistencia armada, los misioneros fueron optimistas porque los indígenas parecían aceptar a la nueva religión y recibían en masa los sacramentos del bautismo y del matrimonio. Sin embargo, al poco tiempo comenzaron a advertir que la aceptación del cristianismo era sólo superficial ya que, a escondidas de los españoles, continuaban realizando los ritos de su culto tradicional.

Hoy, la mayoría de los mexicanos son católicos, y esta religión es parte de nuestra herencia virreinal.

En la ciudad de México se establecieron la primera imprenta (1539) y una de las tres primeras universidades de América (1553); las de Santo Domingo y Lima son las otras dos.

La poetisa Sor Juana Inés de la Cruz es autora de poemas, obras de teatro y prosa que todavía seguimos leyendo. Su contemporáneo y amigo, el poeta, historiador y astrónomo Carlos de Sigüenza y Góngora fue un tenaz estudioso del pasado prehispánico y un avanzado científico. Durante el siglo XVIII hubo un interés creciente por la ciencia. La medicina, la física, la botánica, la zoología, la geografía, la química, las matemáticas y la astronomía, tuvieron destacados representantes novohispanos. En ese tiempo empezaron a circular publicaciones periódicas, como la Gaceta de México, el Mercurio Volante, que fue la primera revista médica de América, La Gaceta de Literatura y el Diario de México.




EL DERRUMBE DEMOGRÁFICO

Antes de la llegada de los europeos, la población americana no estaba distribuida de manera uniforme por el continente. Las zonas más densamente pobladas eran las de las civilizaciones urbanas de MesoAmérica y la región andina. En esas dos zonas, la población aumentaba a medida que mejoraban las técnicas de cultivo y crecí-,in el intercambio y los centros urbanos. La conquista interrumpió bruscamente esta tendencia y diezmó la población indígena.

El derrumbe demográfico se produjo por un conjunto de factores que actuaron de manera simultánea: las muertes provocadas por la violencia de los conquistadores; la desorganización de la vida económica, que hizo disminuir la producción de alimentos, provocando hombrunas; la explotación del trabajo indígena en las minas; la desorganización de la vida familiar tradicional; los efectos devastadores de las epidemias de enfermedades infecciosas como la viruela, frente a las que los indígenas no tenían desarrolladas defensas orgánicas. También influyeron factores de tipo psicológico, como la pérdida del deseo de vivir en un mundo que se derrumbaba, donde todo lo conocido iba desapareciendo.

A lo largo de los siglos XVII y XVIII, los indígenas que sobrevivieron la conquista se transformaron -en su mayoría- en campesinos. Algunas comunidades o individuos llegaron a competir con los europeos por los beneficios producidos por la economía colonial americana.



DIFERENTES VISIONES DE LA CONQUISTA:

LA VISIÓN DE LOS CONQUISTADORES

La conquista del Nuevo Mundo fue impulsada por instituciones como los Estados monárquicos, la Iglesia Católica y las grandes compañías comerciales. Pero la importancia de estas instituciones no debe hacernos olvidar que los protagonistas de este proceso histórico fueron los conquistadores, hombres reales, de carne y hueso. ¿Quiénes fueron estas personas? ¿Qué motivos los impulsaron a cruzar el océano, pese a los riesgos que la empresa suponía? ¿Cuál fue la visión que estos hombres tuvieron al tomar Contacto con una realidad geográfica y humana tan diferente de la propia?

Los conquistadores eran hombres con poca o ninguna fortuna en tierras o en dinero, aunque algunos de ellos eran de origen noble. Llegaron a América esperando lograr en el Nuevo Mundo los objetivos que en Europa les resultaban inaccesibles. Estos objetivos eran la riqueza, el prestigio social y su contribución a la misión cristiana de evangelizar a los indígenas americanos.

Sobre todo en los primeros años de la conquista, los conquistadores imaginaban que iban a alcanzar sus utopías sin conflicto. Esperaban que las riquezas fueran la base de una posición de reconocimiento social en tierras americanas; y que, al regresar a España, la fortuna y el prestigio social recién adquiridos estuvieran legitimados por su servicio prestado a la expansión del cristianismo. Sin embargo, en la práctica, la mayoría de los conquistadores no realizó sus utopías.

Los conquistadores se fueron diferenciando entre sí. Rápidamente, entre ellos se establecieron diferencias de jerarquía y autoridad: los que actuaban en México y en Perú obtenían mayores recursos económicos que los que actuaban en las islas del Caribe. Pero, en el continente, sólo un reducido grupo de hombres relacionados directamente con los jefes de las expediciones (sucesivamente, Colón, Velázquez, Cortés, Pizarro, Valdivia, por ejemplo) obtuvieron el título de encomenderos.

A los encomenderos se les confiaban porciones de población indígena y se les otorgaba el derecho de obtener de ella tributos, emplearla como mano de obra en sus empresas particulares (minería, plantaciones, talleres textiles, entre otras), y recibir el pago de sus jornales si trabajaban fuera de la encomienda. Estos beneficios se otorgaban teóricamente a cambio de la obligación de evangelizar a los indígenas encomendados. Como resultado de esta diferenciación, muchos conquistadores vieron cerrado su acceso a los niveles superiores de riqueza y prestigio social. Fueron frecuentes las intrigas políticas y los enfrentamientos armados entre grupos que se oponían a los conquistadores más poderosos.

LA VISIÓN DE LOS VENCIDOS

La conquista violenta significó para los indígenas un gran sufrimiento espiritual. Su mundo y sus tradiciones se desmoronaron. Algunos historiadores denominaron a este impacto en la mentalidad de los pueblos americanos como el traumatismo de la conquista.

Para los vencidos, la derrota tuvo un carácter religioso y cósmico: se sintieron abandonados por sus dioses. La caída de Tenochtitlán por ejemplo, no fue solo una derrota militar significaba también la caída del reino del Sol. Los dioses habían muerto o eran débiles ante el avance de la nueva fe cristiana que imponen los conquistadores.

Las nuevas condiciones de existencia impuestas por los europeos provocaron la desvalorarización de los americanos. El alcoholismo se difundió como una epidemia. El desgano vital, producido por la falta de incentivos pira vivir en un mundo hostil, lleva muchos a un estado de autoabandonarse incluso a la disminución de la natalidad.

Para Nathan Wachtel -historiador francés contemporáneo-, “saqueos, masacres, incendios, es la experiencia del fin de un mando. Pero se trata de un fin sangriento, de un mundo asesinado”.







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